lunes, 25 de febrero de 2008

MITI

Cuando las personas mayores hablan con cierto tono alto, sucede que los chicos no las escuchan.

---¿Me estás escuchando, Miti?- Repetía la mamá.

--- ¡Si! ¡Sí!

Miti, contesta: sin pensar en lo que dice porque su cabecita corre entre la alfalfa y busca mariposas en el campo de su abuelo.

Pero, cuando las personas mayores comienzan a hablar, bajito y con misterio, los niños alargan sus orejas y quieren saber lo que no quieren decirles.

Desde hacía algunos días se cuchicheaba mucho en Mirasol. En el ambiente flotaba un secreto que se deslizaba por las alfombras de las casas, corría por las paredes y se instalaba en la orejas de los vecinos.

El abuelo Pedro daba hondos suspiros mientras leía el diario.

Miti escuchaba palabras que no entendía:

--- Tensión -decía el vecino.

--- Crisis - respondía la vecina.

---Agravación, agravación- añadía el señor Tiñetodo.

Miti, creyó que hablaban de una enfermedad. Sintió gran preocupación y fue al jardín, a su escondite bajo el ciruelo, a reflexionar sobre el asunto. Allí todo estaba tranquilo. Carolus corría a su cola como todos los días; Mostacho se peinaba los bigotes y de vez en cuando miraba de reojo a su vecino, para no tener sorpresas. Todos eran síntomas de perfecta salud.

--- ¿Que‚ estará pasando en el pueblo?, se preguntaba Miti sin comprender.

Pero como a ella le encantaba descifrar misterios, decidió entrar a la casa para averiguar lo que pasaba. Atravesó el jardín y luego de dar de comer a los pececitos de la pecera grande, de robar algunos quinotos al árbol de su tía Fola y, tirar una piedra a las hortalizas para espantar a los gorriones, llegó justo cuando el abuelo Pedro decía en tono muy grave: GUERRA.

Corrió a la plaza y buscó a Don José, el jardinero y le preguntó que era eso.

- - ¡Eso...!!¡Eso...! (Rascándose la la cabeza) Es terrible y yo estoy en contra.

--- ¿Qué es la guerra?

--- Ya te he dicho, es algo terrible y los hombres se matan por nada.

--- ¿Por nada?

--- Bueno por nada, por nada, no: Se matan porque uno y otro bando quieren tener razón, y ninguno acepta la opinión del otro.

--- ¿Y por qué hay guerra en el pueblo?

-- - ¿Por qué? Por una manzana. Dijo, Don José muy consternado.

--- ¡Una manzana se puede comprar en el mercado!

--- ¡Ay, Miti! Esta no. Al señor Tornadizo, le robaron una manzana que no tiene igual porque es de su maravilloso árbol, y está verde rabia.

Miti era muy obstinada y no se daba por vencida. No paraba hasta conseguir lo que quería y mucho más, cuando creía que la causa era justa.

--- Ya sé‚ cuando vea a al señor Tornadizo... verde, le digo algo que lo haga cambiar de color y se le olvida la GUERRA ¡Nadie se muere y ya está!

Don José, volvió a rascar su cabeza, porque así pensaba mejor.

---- No creo que sea tan fácil, Miti. Pero, con probar no se pierde nada. ! ¡Si te animas!

En su despacho el Señor Tornadizo, daba vuelta y más vueltas alrededor de su escritorio, con su puño golpeaba los papeles que allí tenía. Estos rápidamente se escondían bajo la silla o una mesita discretamente disimulada en el rincón.

--- ¡Esto puede ser! Repetía en sostenido Do de pecho. ¡Robarme a Mí! ¡Robar de mi árbol una manzana! ¡De Mi precioso árbol, de cien manzanas!

Daba otra vuelta y volvía a gritar: ¡Las cuento, las recuento y las requetecuento y son noventa y nueve! Todas mis armas, cañones y guardaespaldas no bastaran para calmar mi rabia.

Golpeó otra vez el escritorio y los papeles volaron como avioncitos perdidos.

Ya estaba muy verde cuando llegó Miti.

--- Permiso. Dijo muy despacito. ¿Molesto?

--- ¿Qué si molestas? ¡Claro, que si, niña! ¡No, te diste cuenta (en ese momento el color que había adquirido era verde intenso) qué‚ estoy pensando!

--- Disculpe, señor Tornadizo, como lo vi., tan verde creí que estaba pintando.

Don Tornadizo, creyó que iba a explotar, todos los tonos de verdes pasaban por su cara, hasta cambiar a un colorado intenso. Con voz más fuerte que un trombón, y con mirada mas fría que hielo, dijo:

--- ¡Cómo voy a pintar, cuando tengo que pelear! ¡Niña tonta!

Miti, muy asustada se refugió en el rincón, donde se habían escondido los papeles, y con un hilo de voz le respondió:

--- Pelear es muy feo... Si usted me deja voy a buscar a la manzana número cien, se la traigo. Y... ¡Ya esta!

El Señor Tornadizo la miró atentamente. Era muy pequeña, apenas alcanzaba con su cabecita el borde de su escritorio. Camino hacia ella y la miro desde arriba. Para Miti, Don Tornadizo, se transformo en un gigante y creyó que iba a comérsela. Esté la volvió a mirar y descubrió a la niñita con vestidito de flores, cabellos castaños, carita redonda, ojos muy negros y una asustada sonrisa, que mostraba unos pequeños dientecitos con un trocito de chocolate pegado en ellos. Comenzó a reírse...

--- ¡Túúúúú...! Tronó el Señor Tornadizo, tomándose la barriga con las dos manos, porque creía que iba a estallar de tanto reírse.

Miti aprovechó que Don Tornadizo esta doblado de la risa para escapar. Cuando cerró la puerta del despacho del Señor Tornadizo, todavía se escuchaban sus estruendosas risotadas.

Miti se fue muy triste, pensando. - ¿Por que‚ las personas mayores nunca le creen a los chicos? ¿Por que‚ creen que sólo ellos son capaces de hacer grandes cosas? Yo le voy a demostrar a ese viejo...PRE...prepo... ¿Cómo era que decía el abuelo Pedro?... Ya me acuerdo: prepotente y cascarrabias... Eso, es lo que‚ es... Yo le voy a demostrar que puedo ir a buscar a esa... manzana, donde quiera que este‚ y traérsela. ¡Ya va a ver!

Al otro día, cuando comenzaban a asomar tímidamente los rayos del sol, Miti, subió por el río que remontan las estrellas en busca de la famosa manzana número cien.

Caminó durante varios días consultando a nubes y pájaros, pájaros y nubes.

Por fin cuando el sol había llegado a lo alto del octavo día, la descubrió.

Estaba durmiendo, muy tranquila, en el bosque de los objetos perdidos.

Mientras tanto el Señor Tornadizo ya había preparado a sus hombres y todas sus armas. Iba a dar el grito de Guerra, cuando vio a Miti con su manzana número cien en la mano, dispuesta a comérsela.

Tembló. Del verde pasó al azul y de este por todos los colores del arco iris. Cuando tomó su cara el tono rosa pálido, suavemente dijo: Tregua.

Miti, aprovechó para hacerle firmar la PAZ.

Le devolvió su manzana, pero ya no la pudo colgar en el árbol.

La guardó como un recuerdo. Igual que a sus cañones que se cubrieron de flores en medio de la plaza, como grandes maceteros.

A María Martín

Buenos Aires - l977



EL ESCONDITE

Estrella decidió salir de compras, en una mañana en que el mal tiempo hace pensar que hubiera sido mejor quedarse durmiendo, leyendo o mirando televisión. Una lluvia torrencial, la peor de esa primavera, la sorprendió de regreso. Corrió varias cuadras aplastándose a las paredes. Al cruzar la calle, justo frente a su casa resbaló. El golpe la desmayó. Alguien la ayudó a incorporarse, nunca falta un alma buena y servicial. Dio las gracias a un rostro sin forma.

Aún jadeante cerró con un pie, de un golpe, la puerta de entrada a su departamento, o a su closet como gustaba llamarlo. El sonido retumbó, como seco eco, en sus maravillosos veinticinco metros cuadrados. Entornó los ojos

dejando escapar un suspiro, que precipitadamente se escurrió entre los muebles. Volvió a respirar hondo y con pausa. Su corazón, estallante en su boca, no encontraba el camino de la calma. La lluvia, el graznido del viento y el chirrido de las llantas todavía sonaban agoreros en su cabeza.

Se despegó de la puerta, la campana china dejó oír su armoniosa melodía, los sonidos la calmaron. Sonámbula se acercó a la pequeña y única mesa y dejó caer los paquetes y el bolso. Avanzó despacio mientras sus brazos permitían que se deslizara la gabardina hasta apoyarse con suavidad en el sofá. En el camino colgó el paraguas en el perchero y dejó enredado su chal en las manecillas de la cómoda de nogal, que su bisabuela había traído desde el sur Francia.

Arrojó el resto de la ropa en cualquier rincón. Desnuda recorrió la diminuta habitación. Entró al cuarto de baño. Al salir, nubes de vapor la acompañaron, como extenso velo nupcial. Todo parecía flotar dentro de esa niebla. Su cama la recibió con un leve crujido al estirarse. La oscuridad la envolvió.

Su nombre se oía lejano. Sintió que la sacudían. Intentó levantarse, no pudo. El cuerpo estaba tieso, duro como madera seca. Los párpados no querían moverse, estaban zurcidos con gruesos hilos de seda. Toda ella pesaba como plomo.

Tenía la boca pastosa y apretada.

El reloj de la bisabuela, que estaba colgado junto a la ventana, frente a la puerta de entrada, comenzó a sonar. Sus campanadas golpeaban como latigazos en sus oídos. Otros golpes se mezclaron con el sonido del reloj.

Prestó atención... no cabía duda... eran martillazos. Otra vez su maldito vecino estaba cambiando los cuadros de lugar. Escuchó otra vez... con más detenimiento... si eran golpes y los podía contar con su propia respiración.

Después...

Un terrible silencio, tan espantoso como desolado.

La niebla se hizo más espesa e impenetrable.

Saltó, como cuando era niña, uno a uno los adoquines de la calle.

Otra vez el silencio...

Pensó que debía entretenerse en algo. Recordó algunos juegos de su infancia, en los que las horas saltaban sin hacerse notar, como en la rayuela del uno al diez y del cielo al infierno.

El tiempo transcurría... no sabía bien como.

Un ruido extravió sus pensamientos... sonaba cerca... eran gritos y llantos...

Después...

El bosque parecía más verde. El aire estaba tibio. Le gustaba jugar a las escondidas, entre las hojas de los árboles, con el sol.

Una multitud vociferante surgió de pronto de la espesura, acercándose amenazadora. --"La bruja... la bruja... quemen a la bruja...". Se escondió en el hueco de un árbol. El gentío se dispersó en dos grupos. Mientras uno preparaba la hoguera, junto a un árbol hueco, el otro buscaba entre el follaje. Los gritos la cercaron "bruja... bruja... no la dejen escapar".

El miedo, como escarcha, comenzaba a enfriar su cuerpo. El horror angustioso que le provocaban los gritos, la obligó a acurrucarse aún más en el hueco de su escondite.

No estaba cómoda, pero sí segura.

Esperó.

Cuando el silencio le confirmó la ausencia de sus perseguidores comenzó a moverse. Un leve ruido la detuvo. Sacudió su cabeza tratando de borrar malos pensamientos.

Esbozó una sonrisa. Era su imaginación que la engañaba con desdibujados sortilegios.

Los gritos ya no se oían.

Despacio asomó la cabeza. El golpe la desmayó. Los rayos del sol como puñales de fuego fueron abriéndose paso en la densa y pegajosa niebla, uno se clavó en sus ojos y cortó los hilos de seda que unía a sus párpados. Entonces vio horrorizada que un grueso cristal la separaba de sus amigos y familiares que gesticulantes farfullaban indescifrables palabras... Todo se había vuelto indescifrable. La niebla, como blancuzco telón afelpado se fue extendiendo entre ella y los de afuera.

Después...

Sus cenizas se fueron con el viento y se incrustaron en un nogal quemado y hueco, al pie del derruido castillo en el sur de Francia, cuyo retoño aún continuaba dando flores después de aquel incendio de 1387.

Buenos Aires 1991

LA CONFERENCIA


--- ¡Dios mio! ¡No, no es posible que vayas a París con esos zapatos!: Le dijo su mujer, armando un soberano escándalo. Miró con extrañeza, primero la suela derecha, luego la izquierda, no cabía la menor duda, eran un certificado de pobreza. Los agujeros abarcaban toda la planta del pie, configurando un extraño dibujo con lunares grandes, pequeños y medianos.

--- ¡Y esos calcetines! ¡Válgame el cielo! ¡Es qué no te has dado cuenta que están mugrosos y viejos!

--- ¡Ya volvió a repicar como campana! ¡Bruja, charlatana! Rumió, mientras se quitaba los calcetines y los arrojaba al cesto de papeles, sin decir palabra.

Terminó de preparar la maleta, bajo la supervisión de su malhumorada mujer, que luego le obligó a quitarse la arrugada camisa, azul a cuadros, que se había puesto. La tiró al canasto de la ropa sucia y le entregó otra con una retahíla de reproches, que iban desde su descuidada persona, su falta de carácter, hasta etcétera... etc... etc.

--- ¡No la aguanto...! ¡Por suerte ya me voy! ¡No la veré por un mes! ¡Qué descanso! ¡Bendita sea la conferencia! Especuló al tomar sus maletas y marcharse. Cerró la puerta del auto con alegría. Pero al voltear su cara vio el rostro contrariado de su mujer pegado a su mejilla. Esbozó la sonrisa estudiada para estos casos, mientras su media naranja decía con voz autoritaria al chofer: ¡Fermín...ya vámonos! ¡Apure hombre!

Cuando su pie tropezó con la escalinata del avión, su regocijo era inmenso. Con cierto temor giró la cabeza a ver si su parlanchina mujer no lo seguía. La saludó desde el borde de la pista, mientras comenzaba a ascender a ese aparato que lo transportaba al paraíso. Al poner un pie en el primer escalón vio el brillo del mocasín, que había comprado hacía algunos años y que nunca había usado. Acomodó el otro prestamente a su lado, así pudo admirar a los dos.

--- ¡Están bonitos los zapatos! ¡Me quedan bien! Comentó en voz alta, justo en el momento que un pasajero detrás de él lo instaba a moverse.

Se dio vuelta. No tuvo tiempo de decir nada, otros pasajeros también comenzaban a protestar. Hizo una mueca de fastidio. Miró a los zapatos, sonrió...

--- ¡Adelante... ya somos libres!, y avanzó.

Se acomodó en su asiento, miró una revista y cuando se disponía a encender un cigarrillo, la camarera lo obligó a guardarlo. Recién en ese momento le cayó el veinte, lo habían ubicado en el área de no fumadores. Maldijo su torpeza. Luego de insistir, por espacio de una hora, logró que lo cambiaran de lugar en el momento en que una turbulencia sacudía, como servilleta, al avión. Arrastrando su maletín y tropezando con pasajeros que deambulaban por los pasillos, alcanzó su nuevo asiento, en la cola del avión, lindando con los baños. No se preocupó.

Luego del sobresalto, el Boeing mantuvo su vuelo tranquilo. Los que no se encontraban tan calmados eran sus pies. Al cabo de unas horas, cuando apenas inauguraban el vuelo sobre el Atlántico, sus encantadores mocasines negros comenzaron a prensarlos, a punto tal que pensó en romper la ventanilla y tirarse al vacío.

Sus mocasines en confrontación dialéctica con sus encolerizados pies, lo llevaban de lo trágico, un terrible dolor, a lo cómico, sus saltos de canguro de un pasillo a otro, atropellando a cuanto viajero osara interceptar su camino con destino al baño. Una vez finalizada la cena, reinó la oscuridad.

Algunos viajeros se entregaron a disfrutar una de esas películas en que las balas, la sangre y los bandidos escapan del televisor para acomodarse en la platea. Otros prefirieron la calma y la lectura. Un mínimo porcentaje, el sueño. Cuando por fin sólo se oyeron ronquidos lejanos, en concierto de agudos y graves, el llanto de un niño y el murmullo de una insomne señora, tomó la gran decisión...

Se quitó los mocasines. Estiró los pies. Aliviado dejó escapar un suspiro que corrió como eco a todo lo largo y ancho de la nave.

El viaje continúo y el sueño logró acercarlo a los veranos, de tardes agobiantes, de su lejana Santa Fe; al Paraná cubierto de camalotes y sauces levantiscos que se sacudían suavemente con el primer soplo de viento. A disfrutar de un delicioso Surubí asado a la orilla del río. A Puerto Escondido, su refugio de tantos años de vivir en México, con las redes colgando de las palapas, los cocos con tequila helado, y las palmas danzando exóticamente con la brisa del océano.

Un trasnochado excursionista, en búsqueda apresurada del sanitario, aplastó uno de sus pies sin compasión y lo arrancó violentamente de su onírico deleite. Justificó el no haberlo visto por la falta de luz auxiliar. Tomó el pie con ambas manos y lo frotó largo rato. Estaba más hinchado de lo debido.

--- Mañana estará mejor... Pensó y retomó el interrumpido sueño.

Su mujer, empolvada cara blanca, labios rojo carmesí, y ojos sobrepintados de negro, se le acercó para recordarle que no olvidara de doblar las camisas cuando se las quitara, que lavara su ropa interior y que por supuesto no vaya a dejar en el cuarto, cuando se fuera del hotel, los pantalones como en su último viaje a Pehuajó.

Se despertó sobresaltado, un hilo de luz comenzaba a filtrarse por la ventanilla. El bullicioso tintineo de las bebidas, en el carro de servicio de las camareras, anunciaba el desayuno. Un fuerte olor a pan tostado y café invadió la nave. La voz del comandante anunció la temperatura, el tiempo, y que: " en dos horas aproximadamente estaremos aterrizando en el aeropuerto de Orly... et Merci, pour faire de notre compagnie..."

Ya no escuchó más. Sus pies mantenían firmes la hinchazón, a la que se le habían agregado intermitentes punzadas, pinchazos o clavos. En realidad no podía definir bien la sensación. Repasó el escrito con su conferencia magistral y sonrió satisfecho, presintió que el tema sobre “La alteración de las coordenadas invisibles” causaría sorpresa

Fue el último en bajar, no por esa vieja costumbre de ignorar el tiempo, sino por una lucha sin cuartel mantenida con sus nuevos mocasines.

Los catedráticos de la Sorbona no pudieron disimular su estupor al recibirlo. Se acercó a ellos acomodado en los brazos del comandante, descalzo y echando maldiciones. Desde la puerta del avión le arrojaron los mocasines. Uno de ellos hizo un curioso giro y fue directo a golpear la nariz del rector que lo saludó con un:

--- Bon jour, monsieur Lantonio, a la vez que limpiaba su traje beige, salpicado de sangre.

A Cocho Paolantonio

México- mayo de 1996.

viernes, 8 de febrero de 2008

CATACRESIS


Atormentado por el ruido y la gente entró al cuarto. Había esperado varios días para poder estar allí, su mujer -más perspicaz que otras veces -había controlado sus movimientos y llamadas telefónicas. Cerró la puerta y miró a su alrededor. Rosalba lo esperaba provocativa, apenas apoyada sobre las sábanas de seda azul.

El la acarició con la mirada y dejó caer sobre su cuerpo desnudo cataratas de palabras. Al cabo de unos minutos, algunas de sus palabras se recostaron en la almohada bordada con las iniciales de ella.

El cuarto era asfixiante y su atmósfera enrarecida. Se mezclaban alternativamente olores de incienso, sudor y semén. De la calle se colaban por los postigos, entreabiertos, el los tacos y las gordas, hechas por una cocinera rechoncha instalada en un puesto, debajo de la ventana. Las palabras de pronto sintieron que el ahogo las estrangulaba, trataron de escapar en busca del aire también enrarecido de la calle. La ventana, de bisagras oxidadas, permaneció inexorablemente cerrada. Respiraron hondo y regresaron junto a ella que sonría feliz.

--- ¡Ya sé que mi mujer no está aquí...! Comentaron mientras depositaban con deleite un beso en su pequeña nariz.

--- ¡ Además logré convencerla que viajaba a Nayarit... ¿qué te parece, baby?

Rosalba, como respuesta, se estiró en la cama y sus bellas formas resaltaron aún más sobre las sábanas de seda azul, provocando en él deseos irrefrenables.

Durante cuatro días no conocieron la luz de una mañana de sol. Tampoco la hora importaba. Un reloj de pie dejaba sonar cada sesenta minutos sus campanadas como agónicas carcajadas. las agujas, mientras tanto, giraban sin descanso sobre el cuadrante de brillantes números romanos.

Las palabras de él crecían en ardiente calma, besando aquella piel de terciopelo cobrizo. Se treparon frenéticas a los dientes. Transportadas por el éxtasis se clavaron en la nuca de ella, tornándose groseras, agresivas, salvajes. Golpeaban sin cesar aquel cuerpo de olores ajenos, gastado por infinitas manos en insatisfechas jornadas. Se introducían en su húmedo sexo, sin descanso ni contemplaciones.

Las páginalabras de él escudriñaron ese cuerpo silencioso sobre el que resbalaban imágenes carentes de ternura y sedientas de fantasías sádicas. En el paroxismo de su deseo, asaltaron, con íconos y semejanzas que enloquecían entre desarticuladas isotopías y semas, el indiferente cuerpo de ella.

Los signos y sintagmas, castigaban una y otra vez el cuerpo de piel cobriza, que se moldeaba lúbrica e involuntariamente a la construcción metafórica de él, dejando que la perversa escritura se graficara en sus entrañas. Un hilo de agua o tinta blanca corrió de la vulvosa boca hacia las sábanas azules, mientras él gemía y soltaba sobre la sábana el contenido de su necesidad. Las palabras ebrias de tanta intertextualidad, en el paroxismo de la exaltación orgásmica, gritaban:

---¡Al fin... al fin... mi amor! ¡Al fin... alcancé la catacresis (la besa y vuelve a besar apasionadamente)... tu bello cuerpo me lleva por el sueño y el ensueño... metáfora muerta de mi deseo...! ¡Mi catacresis adorada!

El holograma que plasmó parecía un símbolo ritual de alguna tribu perdida a las orillas del desierto. Al levantarse las palabras de él intentaron descifrar, como chamán, aquel críptico mensaje, que llevaba al mismísimo centro del "Dream Body".

El tiempo se detuvo. El aire era cada vez más espeso y la boca más amarga y pastosa.

El y sus palabras, luego de la catarsis, se desmayaron sobre la cama de sábanas de seda azul y durmieron.

Ella, Rosalba, triste muñeca de plástico, semiotizada, se fue desvaneciendo, mientras la luna, pálida como flor de otoño dejaba pasar un tímido rayo por un remiendo de la ventana.

Ella, Rosalba, triste muñeca de plástico, semiotizada, se fue deshaciendo. Por descuido él había dejado caer el cigarrillo entre su senos mientras contemplaba la luna, pálida como flor de otoño que dejaba pasar un tímido rayo por un remiendo de la ventana.


Pintura: Wu Zahoming




EL REPORTAJE


--- ¡Un reportaje! ¿Que quiere hacerme un reportaje?

--- Si.

--- ¿A mí?

--- Si.

--- ¿Quiere hacerme una de esas entrevistas que salen en la tele…?

--- Si.

--- ¿Y yo saldré en las tele?

--- Si.

… ¿Y por qué?

--- Pues… para mostrar lo que usted hace…

--- ¿Y a quién le importa?

--- ¡Hombre… a todos!

La miró con cierto recelo. Estaba vestida con una falda de lino azul que dejaba ver, provocativa, una rodilla. La camisa en azul más claro, abierta hasta el tercer botón, permitía entrever unos pechos turgentes y redondos. Un pañuelo rojo, con flores verdes y amarillas, se anudaba caprichosamente en su cuello. Era bonita. Su pelo, rubio y largo, flotaba con suavidad sacudido por el tenue viento que entraba por la rota ventana de la oficina central. La volvió a mirar y sin decir palabra tomó una carpeta del armario. La sacudió, provocando un revuelo de polillas y polvo.

Martina, realizaba su primer trabajo para RT20 y tenía miedo que los nervios la traicionaran. Aceptó ese reportaje porque según el productor del noticiero esta sería una brillante oportunidad para ella. Por otra parte no tuvo otra alternativa. Esa era una nota de relleno y lo sabía. Las noticias escaseaban y había que cubrir la programación con algo, con lo que sea y venderlo como si hubiera sido el hecho más importante ocurrido en el día.

Miró al hombre y le sonrió con desgano. Don Paco llevaba puesto un pantalón de pana, verde oscuro, camisa a cuadros rojos y verdes, y los botines no conocían desde hacía años la cera de lustrar. La reseca y arrugada cara, curtida por el tiempo y el sol de muchos veranos, no daba posibilidad de adivinar su edad. Las callosas manos, por el trabajo, cuyas uñas guardaban el recuerdo de tierra negra, estaban revolviendo los papeles que contenía la carpeta tomada del estante.

A Martina le corría un sudor frío por la espalda. Quería disimular, pero sus manos blancas, delgadas, y de rojas uñas recién pintadas apretaban una y otra vez la hoja de rutina.

Rudy, un camarógrafo experimentado y socarrón, un poco más allá, acomodaba micrófonos, lentes y otros elementos. Reía a pesar de que su cara de piedra no deja traslucir sus intenciones. Sus ojos brillantes y pícaros lo traicionaban.

La voz ronca del hombre sobresaltó a Martina.

--- Estos ingresaron hoy. Son doce. Dos mujeres, seis hombres, tres niños y uno de noventa años, er abuelo der matador. ¡ Er Niño de Castellón! Lo conoce usté...

Martina negó con un sonido apenas perceptible.

--- No todos los días son así. (continúo Don Paco, sin inmutarse) Los hay con mayor cantidad… con menos y con nada… como ayer. ¡Verá usté!, ayer por ejemplo no vino nadie. Eso resultó muy raro y por lo tanto lo declaramos día festivo.

Martina miró a Rudy, como pidiendo ayuda, pero éste no se dio por enterado. Estaba grabando unos planos con el gran angular y no prestaba demasiada atención a la reportera.

--- ¡Verá usté… (escuchó lejana la voz del hombre) ayer fue un día muy extraño. En los años que llevo aquí y que son tantos como (Se levó una mano a la cabeza, se quitó la gorra y haciéndola girar entre sus dedos agregó ) Veinticinco… Sí son tantos como veinticinco. Muscho verdá.

Lo miró otra vez, ahora con un poco más de atención. No era muy alto, tenía el pelo cano y una roja mancha le atravesaba la cara a manera de antifaz. Un antojo diría alguna vieja comadre, con cierta malicia.

--- ¿Qué me mira?

Esta vez la voz del hombre le hizo pegar un brinco.

--- ¿Es que he dicho argo malo?

--- No… por favor continúe… Respondió con vergüenza.

Rudy soltó una carcajada. Martina se puso roja como un camarón. Fuego era lo que sentía en su cara. De fuego fue la mirada que le echó a su poco solidario compañero.

--- Como le decía a usté. (Don Paco mantenía su discurso sin darse cuenta de nada) Ayer fue un día excepcioná y de fiesta pa´ nosotro. Fuimo a brindar y comé bajo aquel arbo… ve ese naranjo, er más grande…

--- Si.

--- Bueno… verá usté, fuimo er André, er Pepe y er Tonico. Ve usté, son aquellos (señalando con un dedo) que están trabajando. Loj ve usté…

--- Claro hombre, claro que los veo.

--- Y como no había na´ que hacé… pues nos fuimo a media tarde.

--- ¿Entonces usted cerró esto antes del horario habitual? ¿Y si llegaba venir alguien?. Siempre puede haber un imprevisto… ¿o no?

--- Imposible chica. Cuando alguien está por llegá siempre avisan. No es cuestión que lo pillen a uno por sorpresa. Aunque ahora que recuerdo una vez pasó, pero lo resolvimo enseguida, con argo que nosotro llamamo reserva. Siempre tenemo argo preparado, por eso del apuro.

La tomó del brazo y la llevó a caminar por los diferentes pasillos, para mostrarle lo que él llamaba habitaciones especiales. Martina sintió la mano tosca como una tenaza. El asco le apretaba la garganta y trató de soltarse, pero el hombre la sujetaba con fuerza, mientras hablaba cerca de su oído con aliento a ajo, cebolla y tocino..

--- Ve estas ya están preparadas pa´ cuarquier emergencia.

No muy lejos dos de los hombres doblaban unas telas que acomodaban en una caja, el tercero limpiaba objetos no distinguibles.

---- A vece tengo problema con la familia, ¿sabe usté?. Siempre le están exigiendo a uno arguna cosa imposible. Cada uno quiere un trato preferenciá, y… sabe usté, que le digo, que no. Pero que no, que no le doy na´… Son como mulas… No entienden y entonces empiezan… ¡Cuidado! ¿es que no ve usté como trata a mi marió? ¿Cómo señora?, iguá que a todos, ni mejó ni peor, iguá… ¡ me cago en la mar! Pero hombre… no lo maltrate. ¡Señora! ¡qué no… qué no le hago nada… coño, lo acomodo. ¿Es que no ve usté que lo acomodo? ¡ y no ve usté que ni cuenta se da…! Mire, esta e una faena, muschacha…, que a vece no hay quien la aguante, sobre todo cuando la gente se pone gorda.

Los otros tres hombres se habían acercado con sigilo. Eran de musculatura muy fuerte y lo miraban a Don Paco con admiración. Todo lo que él decía ellos asentían con la cabeza. Estaban apoyados sobre sus herramientas de trabajo, dándole un marco de coro griego al entrevistado.

Regresaron a la desvencijada oficina con el camarógrafo pisándoles los talones, haciendo panorámicas o primerísimos primeros planos del andar de reportera y reporteado sobre las hojas secas del lugar.

Martina se despidió de Don Paco y los otros con una sonrisa de alivio, a la vez que les decía...

---- Les agradezco su atención y el momento que nos permitieron pasar a su lado.

Extendió la mano que fue atraía por Paco de un tirón mientras le estampaba dos sonoros y apestosos besos en ambas mejillas.

--- Gracia a usté, muschacha… no siempre vienen a entrevistar a uno. En realidá a nadie le interesa mi trabajo fuera de los que realmente si se interesan y esos… verá usté e por puro interé, porque saben que otro no lo pue hacé. En fin, ¡me cachi en dié! Así son… Espero verla pronto por aquí.. Estaré a su orden…

--- !Gracias!

Al unísono Martina y Rudy, dijeron “Nunca”, mientras trataban de dar mayor velocidad a sus pies para poder y escapar de ese lugar. Los intrincados caminos que llevaban a la salida parecían interminables. Caía la tarde cuando alcanzaron la cerrada puerta del cementerio. A lo lejos Don Paco los saludaba sonriente con un azadón en la mano.

Arcos de la Frontera. España. 11-12-97


Foto: Calle del Cementerio de la Recoleta. Buenos Aires


domingo, 9 de diciembre de 2007

PRESBÍTERO MORALES




A Guillermo Rousset Banda

Presbítero Morales bajó de su caballo y lo amarró en el corral de la cantina. Las puertas de ésta se abrían y cerraban de tanto en tanto. A través de ellas salía dando tumbos algún borracho molesto que había buscado bronca. Se acercó lenta, pausadamente. La arena, de la única calle del pueblo, le regalaba singulares dibujos, mientras le golpeaba despiadadamente los ojos. El viento atravesaba el pueblo, seco y quemante. Parecía frío. El sol anunció el mediodía. Sobre el campanario, afónica, comenzó a sonar, la campana. Prebítero Morales miró, de soslayo, primero hacia atrás y después hacia la capilla, mientras soltaba un escupitajo que tragó la arena.
---¡Chihuahua! ¡Habrá que hacer algo pa'que suene mejor!
Cambió el rumbo. Fue derechito hacia la capilla.
El ancho y carcomido portón verde estaba cerrado, como el de todas las iglesias a esa hora. Volteó a ver. No había nadie.
---Pura ilusión,---pensó.
La campana estaba ya por el décimo golpe, cuando Presbítero Morales sacó su pistola y apuntó. Sonó el disparo.
Con otro hizo saltar un enorme candado y abrió de par en par la puerta de la iglesia dejando al descubierto un raquítico Cristo del siglo XVII. Un cuerpo cayó a menos de diez metros.
Presbítero Morales de una patada hizo girar el cuerpo.
--- ¡Chihuahua, ni en domingo puede descansar uno! (escupió con fuerza en el suelo) ¡Pero mira tú, quién era...! ¡Carajo! ¡Otra vez sea un poco más abusado, compadre...!
Masticó el gargajo que le molestaba en la garganta y lo acomodó, casi en la frente del herido.
---¡ Mire nomás! ¿Es qué no sabe que puedo oír un alma en pena a dos kilómetros? y soltó otro escupitajo que se pegó al lado de su bota derecha, horadando el arenal.
--- ¡Quería... quería... primo... mostrarle la pistola...
que me vendieron del otro lado... los gringos...! ---dijo sin aliento y con el susto escapando por el ojo el moribundo, mientras un vómito de sangre sacudía todititos sus huesos.
--- ¡Pos ya la he visto y por las dudas no la vaya a enseñar en el cimenterio! ---masculló, mientras le daba el tiro de gracia, justo en medio de la frente y tomaba la pistola de muertito. La miró con satisfacción y se la acomodó en la cintura.
En ese instante dieron las doce. El sol se mantenía escondido tras una nube. En la puerta de la iglesia el cura, más miedo que persona, miraba confundido. La sotana flotaba, no se sabía bien si por el viento o por los temblores que sacudían el cuerpo. Las cachanillas, como ruedas de fuego, iban y venían por la Principal en bolas fantasmales sin rumbo fijo. Una golpeó a Presbítero Morales y sus espinas le abrieron un tajo en la mano. Con saliva se limpió la sangre. Soltando tal blasfemia, miró al cura. El pobre se santiguó varias veces.
--- ¡A ver si deja ya de persinarse y entierra a mi finadito primo Prudencio...¡ ¡Qué en paz discanse... con el diablo y su madre…qué no es la mía! ---repitió para sí, pero lo sufientemente fuerte como para que lo escuchara el cura, que no atinaba a moverse. Presbítero Morales guardó la reluciente pistola, aún humeante.
--- ¡Fue en defensa propia...! ---argumentó mientras se acomodaba el chaleco negro y sacudía el polvo de su gabán.
Luego sin mirarlo agregó: ---¡Al que madruga dios lo ayuda..., usted ya sabe...! ¡Aquí no hay trampa... es la ley!
Ya se iba cuando se acercó hasta el borde del umbral y mirando ojo a ojo al aterrado cura, masculló.
---¡Ay...y otra cosa... siñor cura! ¿Es qué ya no tiene juerza, pa'hacer sonar esas madres? ¿O será qué de tanto empinar el codo, sólo puede agarrarse de la botella! ---dijo con voz áspera, mientras largaba una risotada.
--- ¡Eh, Presbítero...! ---lo llamó alguien desde debajo el alero de la cantina.
---Qué... ¿ya hay gallera?! ---respondió en un grito, a la vez que tragaba un puñado de arena y rápidamente lo escupía.
--- ¡Ya pues! Díjate de andar matando burros y vente pa' acá, que la riña no es riña si vos no estaís!. ---afirmó el cantinero).
--- ¡Ya voy compadre! ¡Ya voy...! ¡Apreste unas copitas de sotol, pero eso sí... que sea del güeno...!¡Pos ya sabe!
--- ¡Ya, pues...! Y entre sotol y sotol un vasito de cerveza, ¿no?!!! ---replicó el cantinero, soltándo la risotada, cuyo eco resonó en Presbítero Morales acompañando sus pasos por unos instantes.
Prebítero Morales regresó por donde había venido, por la Principal. Una polvorienta calle, vacía y sucia, que comenzaba a reverberar por el reflejo del sol y el puro jugar del viento.
La calle terminaba en la iglesia por el norte, y hacia el sur, en unacasa pintada pintada de rojo infierno, el prostíbulo de madame Ivón. Justo en la mitad estaba la cantina de Balderrama, un boliviano de unos ciento cincuenta kilos, con su delantal alguna vez blanco y ahorita color mugroso indefinido, por la grasa y el alcohol. El gordo secaba el sudor de su cara con una punta de su mandil, mientras seguía con mirada impenetrable, esa de los "coyas" del altiplano boliviano- peruano- argentino, las relucientes espuelas de Presbítero Morales que se acercaban, canturreando sobre el asoleado arenal de la Principal.
El hombre rumiando o maldiciendo, vaya uno a saber que, se pegó a su azabache. Le acarició el hocico. El caballo respondió con un relincho que retumbó en el cacerío. Sacudió la crin acariciando con suavidad, más que mano de mujer, la cara cobriza y llena de cicatrices de Presbítero Morales. Este le dio unas palmadas sobre el lomo y desamarró de la silla la jaula, con el "Negro", un gallo de afilado pico y garras de aguilucho. Miró hacia la iglesia. Largó un escupitajo, como queriendo alcanzar al aterrado cura, aún bajo el dintel del portón verde y con el cristo colgado a sus espaldas. Entró en la cantina, seguido por el gordo Balderrama que continuaba secándose el sudor, ahora con la otra punta de su delantal.
---¡Ya era tiempo, Presbítero Morales...! ---silvó la voz del comisario. ¡Mi "Colorado" no se aguanta!!!
El resto de los parroquianos festejó con brindis y carcajadas al comisario.
---¡ Eh, Compadre!, de una vez, tome las apuestas, ¿ no?
Gritó Presbítero Morales al boliviano, mientras se acomodaba con tranquilidad en su banca de la gallera y besaba la cabeza del "Negro".
Soltaron los gallos y la riña comenzó. Los gritos y maldiciones se mezclaron con el viento y el sotol con las gargantas.
Prudencio Almada, al que Presbítero Morales mataba, cada domingo al entrar al cacerío desde hacía quince años, espiaba sonriente por entre las cabezas de los parroquianos, levantando de vez en cuando una jarra de cerveza en honor a su primo.
Un soplo de viento, arbitrario y agorero, de pronto se llevó lo que quedaba del pueblo. Sólo la capilla, pura ruina abandonada, testigo del sueño dominguero de Presbítero Morales, aún mantenía erguidas sus gruesas paredes con el raquítico cristo del siglo XVII colgado en la Cruz.












sábado, 8 de diciembre de 2007

EL TAPIZ




En ese caminar sin importarme, de tardes ociosas, descubrí una torrecilla alta y negra en el borde de la colina. Trepé por un sendero escarpado y angosto. Al cruzar un derruido puente de madera y piedras, sobre un foso cuyo fondo era difícil vislumbrar, las piernas apenas me sostuvieron. La torre era más pequeña de lo que me pareció desde abajo. Busqué una puerta o ventana para poder entrar, no las encontré. Entonces, recordé aquella torre que describía Chesterton y cuya sola arquitectura era malvada. Pensé que lo mejor era irme, ya que la tarde se desplomaría en menos de una hora por el peso enorme de tantas nubes de oscuras apariencias, que avanzaban lentamente desde el sur.
Cuando ya había decidido regresar, comenzaron a caer, caracoleando, plumas: pequeñas, grandes y medianas. El sol, como demoníaca bola de fuego, que iniciaba el descenso, no permitía ver que tipo de pájaro era el poseedor de las mismas. De pronto unas garras se clavaron en mi cuerpo, quise escapar de ellas, pero el ave me elevó hacia las almenas de la torre, para soltarme sobre una explanada de piedras talladas. Frente a mí se abrió una cuarteada puerta. Una luz amarillenta y mortecina, marcó el límite del umbral. Un poco atontada lo traspasé y surgió, como un pequeño corazón vacío en la mole de piedra, una sala tapizada con gobelinos y muebles que parecían estar desposeídos de peso y contextura. Tuve la sensación de que flotaban a escasos centímetros del piso. Entré. En ese instante apreté muy fuerte el colgante de plata y cuarzo labrado en Filipinas, regalo de María del Carmen, una amiga muy querida. Era un poderoso talismán frente a los peligros del mundo invisible.

El cuarto, ante mi asombro, comenzó a dilatarse. En el centro había una mesa de regordetas patas talladas, cuerpos de pájaros, cuyas cabezas sostenían una gruesa tabla de caoba. Sobre ella se encontraba un enorme libro azul con inscripciones en oro, junto a él algunos otros de piel repujada, negra y roja, cubiertos de polvo. Al voltear mi vista hacia un lado vi una escribanía de plata con tinteros de cristal. Sobre la canaleta labrada descansaba una pluma de estilizado cuerpo de jade y punta de cristal con cincelados surcos zigzagueantes. A un lado un florero, dejaba caer secas flores de vivos colores: amarillo, rojo, verde, azul y morado. Un viento surgido de ninguna parte, silbante y ensordecedor, irrumpió en el salón arrojándome contra la pared, que se encontraba detrás de mí. Caí. Cubrí mi cabeza con los brazos. No sé cuanto tiempo permanecí inmóvil, abrazando mi propia oscuridad. Poco a poco fui separando los brazos y espié por el hueco que iban dejando al separarse. Todo estaba en calma. A pesar de que el miedo atenazaba mis piernas y me obligaba a caminar con lentitud, me acerqué a la mesa. No vi nada fuera de lugar salvo el libro, que estaba abierto en una página con dibujos, letras y números difíciles de interpretar.

¬¬* Ý ...
XE ªp m 13 20 ...
H • 10 ¨ KAN
9 * Û .... Î H • 10 CAN ¨
9 * Û .... XÎ
---

De pronto, éstas se descompusieron varias veces hasta formar la palabra:

“XE CAN´ HI ”

Cerré el libro de un golpe. Me apoyé en la mesa. Quise gritar. No pude. Los dientes se golpeaban entre sí en desquiciado delirio. Traté de serenarme. Muda y sin poder vincular vocales con consonantes todo se iba borrando de mi memoria, salvo
XE CAN’ HI”

Miré alrededor. Comprendí que estaba encerrada en ese cuarto lleno de gobelinos, libros y polvo. Recorrí las paredes con mis manos intentando encontrar una llave, una gaveta o algo que denunciara una salida secreta. Mis dedos tropezaban, una y otra vez, con los bordes de los infinitos paños, pero nunca con el mecanismo que abriera un camino al escape.
Me detuve un instante para observarlos. Eran escenas de guerra o de juegos. El cuarto se iluminó. Con la mirada seguí el haz de luz y comprobé que partía de un tapiz, ubicado en el extremo más apartado del salón. Solo, en un rincón, se extendía el enorme guadamací, de tonos apastelados. Lo contemplé turbada.

Una voz sonó detrás de mí, pronunció mi nombre.

Me di vuelta. La sala estaba vacía. --- “¡Es una alucinación... no es otra cosa más que una alucinación, no hagas caso! ---me dije, y seguí mirando la tela. Al filo de una intrincada selva, rodeado de: danzantes, músicos, un tigre, un mono, una guacamaya, sentado sobre un tranquilo puma, había un conquistador. Tenía ojos azules y mirada penetrante. Bigotes castaños enmarcaban su boca y una rala barba el mentón. Sus dedos largos y delgados sostenían una carabina que apuntaba directamente a mi corazón. Su cabeza estaba cubierta por un yelmo de metal con plumas, vestía un jubón a rayas, violáceo y beige, sobre su camisa azul tenía colocada una armadura con un grabado, tal vez un escudo nobiliario, y enfundaba sus piernas en largas botas negras. Un morral descansaba bajo su pie izquierdo, mientras que el derecho lo apoyaba sobre el lomo del puma para permitir el apoyo del brazo que sostenía el arma, una gruesa espada colgaba de su cintura. La voz volvió a repetir mi nombre. Ahora había sonado clara, penetrante.
Muy despacio giré la mitad mi cuerpo y luego el resto. No había nadie. Nadie... sólo el vacío. Al mirar otra vez el baldaquín, me inquieté, el personaje se había movido, ya no estaba sentado sino parado, la boca de su arcabuz tenía por objetivo mi cabeza. Retrocedí espantada. Pero una extraña fuerza me atrajo nuevamente hacia el tapiz. Casi sin respirar me acerqué a él. Comprobé aterrada que el conquistador estaba sentado, ahora sobre un tronco de árbol. El puma se había ubicado un poco más atrás, el mono colgaba de otro árbol. Los danzantes se habían diluido al igual que la guacamaya.
¡Esto no es alucinación... ya es locura o un sueño del que pronto despertaré! Pensé.

La voz, insistió en nombrarme. El sonido provenía del colgante. La figura me sonreía. Me aproximé con cuidado. Mi cabeza entró en el oscuro territorio del olvido. Un ruido ensordecedor me envolvió, como si miles de pájaros hubieran iniciado vuelo. La selva me recibió con un murmullo de aves y una humedad infestada de bichos de todo tipo. Las lianas colgaban como cordones, enredándose entre árboles y arbustos. Estaba tendida sobre un petate de palma.
El conquistador me miraba dulcemente. Intenté incorporarme pero el dolor en el pecho fue tan fuerte que me impidió mover. El hombre me trajo un cuenco de madera con agua.

--- ¿Dónde estoy? Apenas pude balbucear.
--- En ninguna parte... Respondió.
--- Pero... ¿cómo, acaso esto no es la selva?
--- No, no es la selva... es un lugar en ella...
--- Pero ¿dónde?.. Lo miré y me di cuenta que no sabía su nombre. ¿Señor?
--- Rafael, el conquistador, ---dijo sonriendo. Éste es Rus, mi puma... (El animal entrecerró sus ojos a manera de saludo). - Teoes... ---presentó mientras acariciaba la cabezota del tigre y éste soltaba un prolongado bostezo mostrando sus afilados colmillos. En ese momento la guacamaya chilló y el conquistador reparó en ella.
---No le gusta que la olviden, ---murmuró en mi oído. Tenor ---pronunció en voz alta el nombre, a la vez que ofrecía su brazo al enojado pajarraco y éste le daba un picotazo en la mano. El mono ofendido se trepó a la viga madre del techo de la cabaña, y desde allí arrojó pequeños objetos. Tal vez los había guardado para esconderlos de sus compañeros o, por esa costumbre que tienen los simios de inventar espacios secretos. Uno pegó en mi frente, era una pequeña fruta semejante a la mora.
--- ¡Perdona, perdona, es que no te había visto, ven acá!, le dijo con ternura el conquistador. Tese, es muy traviesa, no hay que hacerle caso.
Tese o como se llame, no quería salir de su escondite y continuaba arrojando frutas. El conquistador, me aclaró que era caprichosa y consentida. Luego de llamarla varias veces y cuando ya desistía del intento, la monita bajó con increíble rapidez colgándosele del cuello, a la vez que gesticulaba y protestaba.
Cerré fuerte los ojos, no quería ver nada.
Rafael, el conquistador, me acercó una escudilla de humeante xocolalt o chocolate, mientras repetía: ¡cuidado está caliente! Sus ojos azules transmitían cierta tristeza, pero su mirada era tan clara y tan limpia que no podía separar mis ojos de ella. Pregunté si sabía el significado de
“XE CAN’ HI”, me respondió que no.
Volví a preguntar como fue que yo había llegado allí y él me contestó:
--- “Por obra del destino. El Tzolkin, el libro adivinatorio de la cuenta de los días, me lo anunció hace varios años”.

La cuenta de los días se había trastocado para mí, en realidad poco me importaba. Me había acostumbrado a corretear por la selva con Tese y Rus, a divertirme con Teoes y a salmodiar con Tenor. El conquistador, desaparecía durante el día, para regresar a la caída de la tarde entre el armónico bullicio de los grillos y el cotorrear de los pájaros, con su morral cargado de comida.
Un día el viento del sur refrescó mi memoria con “ Xe Can’ Hi”,…. “Xe KAN Hi”…., “Xe Can’ Hi”. La misteriosa frase retumbó en mi cabeza. Descifrar el mensaje fue mi desafío. Me di a la tarea de enlazar idiomas olvidados, pero no acertaba a combinar ninguna letra que se acercara a ese mensaje cifrado. El conquistador me había dicho que me encontraba en la tierra de los Mayas y seguramente las famosas letras estarían conectadas con ellos.

Maya, recordé en la India es “mundo de ilusión” u “origen del mundo”. La palabra Maya en sánscrito se relaciona además con conceptos que significan “grande”, “medida”, “mente”, “magia” y “madre”. Por otra parte en El Mahabahrata, Maya era también el nombre de un notable astrólogo-astrónomo, mago y arquitecto, así como el nombre de una tribu de navegantes. Mi evocación continuó luego por tierras cuya geografía se distribuía a lo largo y a lo ancho del Mar Mediterráneo. En la filosofía egipcia el término Mayet, significaba “orden universal” y Maya era el nombre del tesorero del famoso rey-niño Tutankhamen. En la mitología griega, de las siete Pléyades, hijas de Atlas y Pleyone y hermanas de las Hiadas, una de ellas se llamaba Maia, “la grande”, diosa de la primavera. Me hallaba en medio de estas disquisiciones, cuando el conquistador las interrumpió para comentar que los Mayas según Los Anales de los Cakchiquels habían partido de un punto remoto: “desde el otro lado del mar llegamos al lugar llamado Tulán, adonde fuimos engendrados y traídos a la vida por nuestros padres y madres...”, recitó.

La sorpresa que me causó su aparición no fue mayor que la que me provocó con ese discurso sobre los mayas. Me miró con benevolencia y agregó: “El nombre Maya deriva de la palabra Mayab, término con el que se describe la Península de Yucatán y Tulán, una ciudad mítica. Tulán no es un lugar geográfico, sino un proceso de transición o punto de entrada de un mundo a otro, es decir la relación entre el inframundo y el supramundo. Lo más increíble de esta civilización es que no tuvo mucha vida sobre estos territorios, después de 600 años de intensa actividad, los centros principales fueron abandonados, no se sabe bien por qué. Lo único que se conservó de la antigua cultura fue el Tzolkin o Módulo Armónico, en el que no existe pasado ni futuro. Todo es un eterno presente en el que confluyen armónicamente pasado y futuro. Para los mayas los números son mágicos, sobre todo el 13, 4, 7, 9 y 20, ellos los conciben como una representación de las cualidades armónicas”.

Quedé atónita nunca hubiera imaginado que el conquistador hablara así de los mayas, ya que era muy reticente al diálogo y las escasas palabras que pronunciaba siempre eran para decirme que tuviera cuidado con ciertos animales, o plantas y que no me alejara mucho. Mi tentación, él lo sabía, era traspasar la selva e ir hacia las pirámides que sobresalían a lo lejos, por encima de las copas de los árboles. No hablamos más sobre el tema.

Cierta mañana, cuando Tese dormía en mis brazos y Tenor ensayaba su reiterado graznido, una sombra se movió entre los árboles y arbustos. Varias veces apareció y desapareció. Por fin su figura surgió ante mí en medio de un humo blanquecino, de aroma agridulce, semejante al incienso. Era un hombre ataviado con un manto, policromo que le caía desde los hombros, sobre una especie de taparrabo enrollado alrededor de la cintura, llevaba una falda verde cuajada de cuentas hasta la rodilla, calzaba huaraches, de dos correas trenzadas y una talonera finamente decorada con oro y plata, pectoral con cabezas del dios solar, adornado con plumas. Su rostro lo enmarcaba una nariguera de barra, orejera circular de jade, muñequera y un tocado de madera engarzado con turquesas y plumas de quetzal. Portaba en su mano un bastón o “cetro maniquí”, símbolo de poder y soberanía, con un pequeño personaje, especie de enano de larga nariz, una de cuyas piernas, en forma de serpiente servía de empuñadura.

El hombre se inclinó ante mí diciendo: “Soy Ah Mex Cuc (el de la barba de ardilla), el gran sacerdote de Kin, el SOL, Te saludo o señora del tiempo y el secreto... los dioses te esperan en el gran templo... Toma, bebe el balché, la bebida sagrada, y enciende el “pom” o copal, para que los dioses no se enojen... conozcas tu “wayjel” (o nahual, animal que es el alter ego del hombre) y aprendas a dejar que tu espíritu viaje al país de los dioses. El futuro puede cambiarse cuando es revelado por los sueños. Estamos en el Once Ahau Katum, (1569) no hace mucho llegaron, por el oriente, los hombres del crucificado, los que trajeron el dolor, los del reinado del segundo tiempo y también la causa de nuestra muerte, tú debes hacer los conjuros y perderlos en el tiempo que es tu morada...”. Hizo un gesto con su mano indicándome el camino. En ese instante regresaba Rafael.

El conquistador trató de interponerse en el camino Ah Mex Cuc . Ah Puch, el dios de la muerte, que afilaba sus uñas, agazapado, abrió sus manos, soltó sus redes y atrapó al hombre que me había arrancado de un mundo para incorporarme a otro totalmente distinto. Se llevó al que me había enseñado a vivir de modo diferente. Rafael quedó tendido en el suelo, tieso, la rama de un árbol, que se había desprendido misteriosamente, aplastó su cráneo. Lo miré desolada, me senté en el suelo y apoyé su cabeza en mi regazo, acaricié su ancha frente y besé dulcemente, con dolor y tristeza, sus ojos azules... tan azules… que el infinito se escondía en ellos.
Se despidió con la mirada, toda paz. Partió con, el dios de la muerte, a su nueva morada, dejándome sola en ese ilusorio y misterioso mundo...

Me desvanecí. El sacerdote me tomó dulcemente de la mano y me trasladó por arriba de los árboles hasta la gran ciudadela. Al paraje de las pirámides. Allí las mujeres me bañaron, untaron con aceites y esencias de aromas exquisitos. Trenzaron mis cabellos con flores y me vistieron con un suntuoso huipil o túnica y falda de algodón amarillo, bordados con motivos geométricos, brazaletes de plata y jade, collares con chaquiras de turquesas, ámbar, alabastro, amatista, cristal de roca y plata.

Me trasladaron al templo de las mujeres, atravesando un camino de flores y cantos. Pasé trece meses aprendiendo ritos, oraciones y a conocer diferentes hierbas, buenas y malas, como el “Itzel aox”, un hongo alucinógeno que enloquece; el Tzite o colorín que embriaga y permite adivinar el futuro, conocer a los Ah- Beob, “los de los caminos” (seres sobrenaturales que protegen al caminante) y los Ah Tabal, espíritus malignos, que nos rodean. También me instruí en el anuncio de las tormentas por las nubes pasajeras y el color del sol, a hablar con los pahuahtunes, espíritus del viento. El Tzolkin, el libro adivinatorio de la cuenta de los días, ya no fue un secreto para mí, había aprendido a combinar los 13 números y los 20 nombres.

Pasó el tiempo.
Me colocaron un huipil y falda roja con flores bordadas en su ruedo y me permitieron recorrer la ciudad durante nueve días. Al cabo de ellos realizaron un nuevo ritual de baños perfumados. Me vistieron de blanco (color requerido para entrar al inframundo y que correspondía al norte). Para completar el atuendo me alinearon un gran tocado de conchas, jade, amatista y plumas verdes, azules y amarillas. Me acompañaron hasta el gran templo y frente a sus escalinatas me abandonaron. Este no tenía puertas ni huecos por donde pasar, su entrada estaba en lo alto. Un perro pequeño y lampiño me estaba esperando para acompañarme al mundo de Yum Cimil (Señor de la muerte). Inspiré profundamente y comencé a subir la empinada escalinata, llevando en mi mano un Copón de oro, jade y turquesas con pom, el supremo perfume del cielo, y a mi lado a “Oc” (el perro que guía en su viaje al sol al inframundo). Conté 520 escalones hasta alcanzar la puerta de entrada, (que podían significar también 52 años, es decir, el período en que se basa la recurrencia de los “portadores del año”, que abarcan cuatro períodos de 13 años). A un lado de la boca se encontraba, tallado en la piedra, el jaguar del oeste y en otro Quezatcoalt, la serpiente emplumada del infinito.

Ah Mex Cuc me había enseñado algunas reglas y ciertos rituales, muy complicados, que debía cumplir al llegar a mi nuevo destino, y también una oración para introducirme en esa otra realidad, porque en ella se encontraban contenidas las relaciones entre tiempo y espacio, dimensiones que debía cruzar. “ En el 11-Ahaues cuando salió Ah mucen cab /a poner vendas en los ojos /de Oxlahun ti ku, / Trece-deidad,... Con las vendas en el rostro /terminó el amanecer para ellos /y no supieron ya lo que vendría (…)”.

Recé, una y otra vez. Recé y recé, mientras mis pies contaban los escalones.
Al ingresar en la pirámide (que tenía dos caras, la de Kin, el Sol y la de Uh, la Luna); y de acuerdo a las leyes sagradas, la Gran Serpiente (en el estómago de ésta se encontraban las recámaras del dios y la diosa), me tragaría para “ nacer como sí mismos rejuvenecidos “, y renacer como “un ser de nueve lunas, un ser de nueve estrellas”. Como la primera letra de los portadores del año había sido Kan, y era el agüero del Bacab Nucuch Macob (hombres enormes, deidades o seres sobrenaturales de color amarillo) el sacerdote me dijo que debía realizar mis oraciones siempre hacia el sur. También me había recomendado que tuviera cuidado con los Ah Tucur, brujos engañadores de Xibalbá (el inframundo), que podían crear ilusiones y trastocar los espacios. Por suerte no aparecieron.

Quise ver por última vez aquello que quedaría atrás.
Desde la altura las construcciones se veían pequeñas, distantes.
El sol comenzaba a declinar rojizo-amarillento, tras los cerros, creando sombras que dibujaban reptantes serpientes al pie del templo de Hapai Can, la serpiente tragadora. Del Tzompantli, la gran plataforma rectangular para sacrificios, las cabezas, aún sangrantes, aun permanecían clavadas en las estacas. Algunos jugadores con yugos en la cintura, rodajas en los brazos, orejeras de tapón, se entrenaban en la cancha del Juego de Pelota. Cerca del “Cenote Sagrado “, el pozo de agua en el que se arrojaban objetos, comida y sacrificaban a hombres y animales, Rus, intentaba reposar. Al cabo de un rato se alejó fastidiado. Al girar hacia el norte una melodía me resultó conocida, era Tenor que se despedía de mí y Tese, mi preciosa monita, colgada de los árboles del este, me saludaba entre chillidos y cabriolas. Apoyé el copón de humeante pom frente al hueco que servía de entrada. Acaricié con mi mirada a toda la ciudadela, para llevarme ese instante conmigo. Una leve brisa hizo ascender las volutas de humo y canturreó en mis oídos, para que no olvidara, “XE CAN’ HI” .

Alcé la cabeza hacia el infinito, recité cuatro veces la oración que me había enseñado Ah Mex Cuc e ingresé al Metnal, la morada subterránea de los muertos, junto con Oc. Bajé por una escalinata en forma de caracol, (en mi descenso conté 260 escalones, la cifra contenida en la cuenta de los días del Tolzkin), hasta llegar a una sala recubierta con frescos de brillantes colores y escenas de juegos, sacrificios y danzas. Era la casa del Sol, en ella permanecí veinte días.
Agua y tortillas amontonadas en un rincón, fueron mi comida.

Una diminuta puerta se abrió en el vigésimo invitándome a proseguir el viaje.
Descendí por empinados peldaños en los que apenas cabía un pie. Conté 130, la mitad de los anteriores (4, el número de Can, la serpiente y del joven dios del maíz), y relacioné ese número con que ya me encontraba “en la profundidad de su estómago” Observé ese nuevo espacio. La estancia que apareció ante mí, la de la Luna, era más pequeña que la anterior, y semejante a la del “Uy-Atoch-K’uh”, el templo de la Luna, sus paredes de piedra caliza la recubrían frescos con escenas de danzas, sacrificios, enfermedades y parturientas.

Cuando se cumplieron los trece meses de encierro descubrí, en un apartado rincón, un tapiz semejante al del cuarto de la torrecilla. Una figura se movió, la luz sulfurosa de las teas no me permitía ver con claridad. Rafael, dije en voz alta para animarme, mientras me acercaba. Pero él no apareció, ni los animales tampoco, en su lugar me esperaba Ah Mex Cuc, el gran sacerdote, parado al lado del árbol de caoba, que es la casa de Yaxum, el precioso pájaro verde Quetzal, tendiéndome una mano para cruzar hacia el otro lado. Con miedo apoyé la mía sobre la suya.
Una fuerte convulsión sacudió todo mi cuerpo.

Al abrir los ojos estaba otra vez en el torreón. El sacerdote había desaparecido y todo se encontraba en ruinas. A mí alrededor las piedras continuaban cayendo y formando montículos, éstos volvían a caer amontonándose al pie de la torrecilla. No podía moverme. Un chorro de sangre corría de la nariz a la boca, formando un barro sanguinolento que escupía a cada segundo.
Me zumbaban los oídos con voces que repetían: XE CAN’ HI”…. “XE KAN HI” …. Otras me gritaban mi nombre acompañando a las linternas. Sus luces, al iluminar mi rostro, dibujaban rectángulos, círculos con contornos difusos. Los hombres que trabajaron en el rescate decían que había sido un milagro hallarme, los escombros me habían sepultado por completo durante trece horas. El temblor había destrozado la antigua torre, alta y negra de los conquistadores, construida sobre la pirámide de Hapai Can. Alguien comentó que de la gran serpiente tragadora sólo quedaban seis segmentos, incluyendo la cabeza.

Regresé al torbellino angustioso de mi ciudad, Buenos Aires. Su locura, con la economía neoliberal instaurada, la ansiedad y agresividad de mis compatriotas me hicieron olvidar, lo ocurrido durante mis vacaciones en México.
Al acomodar unas fotos, nueve meses después, encontré la que me había sacado sobre los escombros de una pirámide llamada El Osario o Hapai Can, tumba de siete sacerdotes mayores, según me había dicho el guía. Entonces sobre el recuerdo de esas ruinas intenté reconstruir los hechos sucedidos antes de mi entrada al universo de la amnesia. "XE CAN XI "se convirtió en un enigma que aún hoy intento descifrar.