De pronto, éstas se descompusieron varias veces hasta formar la palabra:
“XE CAN´ HI ”
Cerré el libro de un golpe. Me apoyé en la mesa. Quise gritar. No pude. Los dientes se golpeaban entre sí en desquiciado delirio. Traté de serenarme. Muda y sin poder vincular vocales con consonantes todo se iba borrando de mi memoria, salvo
“XE CAN’ HI”
Miré alrededor. Comprendí que estaba encerrada en ese cuarto lleno de gobelinos, libros y polvo. Recorrí las paredes con mis manos intentando encontrar una llave, una gaveta o algo que denunciara una salida secreta. Mis dedos tropezaban, una y otra vez, con los bordes de los infinitos paños, pero nunca con el mecanismo que abriera un camino al escape.
Me detuve un instante para observarlos. Eran escenas de guerra o de juegos. El cuarto se iluminó. Con la mirada seguí el haz de luz y comprobé que partía de un tapiz, ubicado en el extremo más apartado del salón. Solo, en un rincón, se extendía el enorme guadamací, de tonos apastelados. Lo contemplé turbada.
Una voz sonó detrás de mí, pronunció mi nombre.
Me di vuelta. La sala estaba vacía. --- “¡Es una alucinación... no es otra cosa más que una alucinación, no hagas caso! ---me dije, y seguí mirando la tela. Al filo de una intrincada selva, rodeado de: danzantes, músicos, un tigre, un mono, una guacamaya, sentado sobre un tranquilo puma, había un conquistador. Tenía ojos azules y mirada penetrante. Bigotes castaños enmarcaban su boca y una rala barba el mentón. Sus dedos largos y delgados sostenían una carabina que apuntaba directamente a mi corazón. Su cabeza estaba cubierta por un yelmo de metal con plumas, vestía un jubón a rayas, violáceo y beige, sobre su camisa azul tenía colocada una armadura con un grabado, tal vez un escudo nobiliario, y enfundaba sus piernas en largas botas negras. Un morral descansaba bajo su pie izquierdo, mientras que el derecho lo apoyaba sobre el lomo del puma para permitir el apoyo del brazo que sostenía el arma, una gruesa espada colgaba de su cintura. La voz volvió a repetir mi nombre. Ahora había sonado clara, penetrante.
Muy despacio giré la mitad mi cuerpo y luego el resto. No había nadie. Nadie... sólo el vacío. Al mirar otra vez el baldaquín, me inquieté, el personaje se había movido, ya no estaba sentado sino parado, la boca de su arcabuz tenía por objetivo mi cabeza. Retrocedí espantada. Pero una extraña fuerza me atrajo nuevamente hacia el tapiz. Casi sin respirar me acerqué a él. Comprobé aterrada que el conquistador estaba sentado, ahora sobre un tronco de árbol. El puma se había ubicado un poco más atrás, el mono colgaba de otro árbol. Los danzantes se habían diluido al igual que la guacamaya.
¡Esto no es alucinación... ya es locura o un sueño del que pronto despertaré! Pensé.
La voz, insistió en nombrarme. El sonido provenía del colgante. La figura me sonreía. Me aproximé con cuidado. Mi cabeza entró en el oscuro territorio del olvido. Un ruido ensordecedor me envolvió, como si miles de pájaros hubieran iniciado vuelo. La selva me recibió con un murmullo de aves y una humedad infestada de bichos de todo tipo. Las lianas colgaban como cordones, enredándose entre árboles y arbustos. Estaba tendida sobre un petate de palma.
El conquistador me miraba dulcemente. Intenté incorporarme pero el dolor en el pecho fue tan fuerte que me impidió mover. El hombre me trajo un cuenco de madera con agua.
--- ¿Dónde estoy? Apenas pude balbucear.
--- En ninguna parte... Respondió.
--- Pero... ¿cómo, acaso esto no es la selva?
--- No, no es la selva... es un lugar en ella...
--- Pero ¿dónde?.. Lo miré y me di cuenta que no sabía su nombre. ¿Señor?
--- Rafael, el conquistador, ---dijo sonriendo. Éste es Rus, mi puma... (El animal entrecerró sus ojos a manera de saludo). - Teoes... ---presentó mientras acariciaba la cabezota del tigre y éste soltaba un prolongado bostezo mostrando sus afilados colmillos. En ese momento la guacamaya chilló y el conquistador reparó en ella.
---No le gusta que la olviden, ---murmuró en mi oído. Tenor ---pronunció en voz alta el nombre, a la vez que ofrecía su brazo al enojado pajarraco y éste le daba un picotazo en la mano. El mono ofendido se trepó a la viga madre del techo de la cabaña, y desde allí arrojó pequeños objetos. Tal vez los había guardado para esconderlos de sus compañeros o, por esa costumbre que tienen los simios de inventar espacios secretos. Uno pegó en mi frente, era una pequeña fruta semejante a la mora.
--- ¡Perdona, perdona, es que no te había visto, ven acá!, le dijo con ternura el conquistador. Tese, es muy traviesa, no hay que hacerle caso.
Tese o como se llame, no quería salir de su escondite y continuaba arrojando frutas. El conquistador, me aclaró que era caprichosa y consentida. Luego de llamarla varias veces y cuando ya desistía del intento, la monita bajó con increíble rapidez colgándosele del cuello, a la vez que gesticulaba y protestaba.
Cerré fuerte los ojos, no quería ver nada.
Rafael, el conquistador, me acercó una escudilla de humeante xocolalt o chocolate, mientras repetía: ¡cuidado está caliente! Sus ojos azules transmitían cierta tristeza, pero su mirada era tan clara y tan limpia que no podía separar mis ojos de ella. Pregunté si sabía el significado de
“XE CAN’ HI”, me respondió que no.
Volví a preguntar como fue que yo había llegado allí y él me contestó:
--- “Por obra del destino. El Tzolkin, el libro adivinatorio de la cuenta de los días, me lo anunció hace varios años”.
La cuenta de los días se había trastocado para mí, en realidad poco me importaba. Me había acostumbrado a corretear por la selva con Tese y Rus, a divertirme con Teoes y a salmodiar con Tenor. El conquistador, desaparecía durante el día, para regresar a la caída de la tarde entre el armónico bullicio de los grillos y el cotorrear de los pájaros, con su morral cargado de comida.
Un día el viento del sur refrescó mi memoria con “ Xe Can’ Hi”,…. “Xe KAN Hi”…., “Xe Can’ Hi”. La misteriosa frase retumbó en mi cabeza. Descifrar el mensaje fue mi desafío. Me di a la tarea de enlazar idiomas olvidados, pero no acertaba a combinar ninguna letra que se acercara a ese mensaje cifrado. El conquistador me había dicho que me encontraba en la tierra de los Mayas y seguramente las famosas letras estarían conectadas con ellos.
Maya, recordé en la India es “mundo de ilusión” u “origen del mundo”. La palabra Maya en sánscrito se relaciona además con conceptos que significan “grande”, “medida”, “mente”, “magia” y “madre”. Por otra parte en El Mahabahrata, Maya era también el nombre de un notable astrólogo-astrónomo, mago y arquitecto, así como el nombre de una tribu de navegantes. Mi evocación continuó luego por tierras cuya geografía se distribuía a lo largo y a lo ancho del Mar Mediterráneo. En la filosofía egipcia el término Mayet, significaba “orden universal” y Maya era el nombre del tesorero del famoso rey-niño Tutankhamen. En la mitología griega, de las siete Pléyades, hijas de Atlas y Pleyone y hermanas de las Hiadas, una de ellas se llamaba Maia, “la grande”, diosa de la primavera. Me hallaba en medio de estas disquisiciones, cuando el conquistador las interrumpió para comentar que los Mayas según Los Anales de los Cakchiquels habían partido de un punto remoto: “desde el otro lado del mar llegamos al lugar llamado Tulán, adonde fuimos engendrados y traídos a la vida por nuestros padres y madres...”, recitó.
La sorpresa que me causó su aparición no fue mayor que la que me provocó con ese discurso sobre los mayas. Me miró con benevolencia y agregó: “El nombre Maya deriva de la palabra Mayab, término con el que se describe la Península de Yucatán y Tulán, una ciudad mítica. Tulán no es un lugar geográfico, sino un proceso de transición o punto de entrada de un mundo a otro, es decir la relación entre el inframundo y el supramundo. Lo más increíble de esta civilización es que no tuvo mucha vida sobre estos territorios, después de 600 años de intensa actividad, los centros principales fueron abandonados, no se sabe bien por qué. Lo único que se conservó de la antigua cultura fue el Tzolkin o Módulo Armónico, en el que no existe pasado ni futuro. Todo es un eterno presente en el que confluyen armónicamente pasado y futuro. Para los mayas los números son mágicos, sobre todo el 13, 4, 7, 9 y 20, ellos los conciben como una representación de las cualidades armónicas”.
Quedé atónita nunca hubiera imaginado que el conquistador hablara así de los mayas, ya que era muy reticente al diálogo y las escasas palabras que pronunciaba siempre eran para decirme que tuviera cuidado con ciertos animales, o plantas y que no me alejara mucho. Mi tentación, él lo sabía, era traspasar la selva e ir hacia las pirámides que sobresalían a lo lejos, por encima de las copas de los árboles. No hablamos más sobre el tema.
Cierta mañana, cuando Tese dormía en mis brazos y Tenor ensayaba su reiterado graznido, una sombra se movió entre los árboles y arbustos. Varias veces apareció y desapareció. Por fin su figura surgió ante mí en medio de un humo blanquecino, de aroma agridulce, semejante al incienso. Era un hombre ataviado con un manto, policromo que le caía desde los hombros, sobre una especie de taparrabo enrollado alrededor de la cintura, llevaba una falda verde cuajada de cuentas hasta la rodilla, calzaba huaraches, de dos correas trenzadas y una talonera finamente decorada con oro y plata, pectoral con cabezas del dios solar, adornado con plumas. Su rostro lo enmarcaba una nariguera de barra, orejera circular de jade, muñequera y un tocado de madera engarzado con turquesas y plumas de quetzal. Portaba en su mano un bastón o “cetro maniquí”, símbolo de poder y soberanía, con un pequeño personaje, especie de enano de larga nariz, una de cuyas piernas, en forma de serpiente servía de empuñadura.
El hombre se inclinó ante mí diciendo: “Soy Ah Mex Cuc (el de la barba de ardilla), el gran sacerdote de Kin, el SOL, Te saludo o señora del tiempo y el secreto... los dioses te esperan en el gran templo... Toma, bebe el balché, la bebida sagrada, y enciende el “pom” o copal, para que los dioses no se enojen... conozcas tu “wayjel” (o nahual, animal que es el alter ego del hombre) y aprendas a dejar que tu espíritu viaje al país de los dioses. El futuro puede cambiarse cuando es revelado por los sueños. Estamos en el Once Ahau Katum, (1569) no hace mucho llegaron, por el oriente, los hombres del crucificado, los que trajeron el dolor, los del reinado del segundo tiempo y también la causa de nuestra muerte, tú debes hacer los conjuros y perderlos en el tiempo que es tu morada...”. Hizo un gesto con su mano indicándome el camino. En ese instante regresaba Rafael.
El conquistador trató de interponerse en el camino Ah Mex Cuc . Ah Puch, el dios de la muerte, que afilaba sus uñas, agazapado, abrió sus manos, soltó sus redes y atrapó al hombre que me había arrancado de un mundo para incorporarme a otro totalmente distinto. Se llevó al que me había enseñado a vivir de modo diferente. Rafael quedó tendido en el suelo, tieso, la rama de un árbol, que se había desprendido misteriosamente, aplastó su cráneo. Lo miré desolada, me senté en el suelo y apoyé su cabeza en mi regazo, acaricié su ancha frente y besé dulcemente, con dolor y tristeza, sus ojos azules... tan azules… que el infinito se escondía en ellos.
Se despidió con la mirada, toda paz. Partió con, el dios de la muerte, a su nueva morada, dejándome sola en ese ilusorio y misterioso mundo...
Me desvanecí. El sacerdote me tomó dulcemente de la mano y me trasladó por arriba de los árboles hasta la gran ciudadela. Al paraje de las pirámides. Allí las mujeres me bañaron, untaron con aceites y esencias de aromas exquisitos. Trenzaron mis cabellos con flores y me vistieron con un suntuoso huipil o túnica y falda de algodón amarillo, bordados con motivos geométricos, brazaletes de plata y jade, collares con chaquiras de turquesas, ámbar, alabastro, amatista, cristal de roca y plata.
Me trasladaron al templo de las mujeres, atravesando un camino de flores y cantos. Pasé trece meses aprendiendo ritos, oraciones y a conocer diferentes hierbas, buenas y malas, como el “Itzel aox”, un hongo alucinógeno que enloquece; el Tzite o colorín que embriaga y permite adivinar el futuro, conocer a los Ah- Beob, “los de los caminos” (seres sobrenaturales que protegen al caminante) y los Ah Tabal, espíritus malignos, que nos rodean. También me instruí en el anuncio de las tormentas por las nubes pasajeras y el color del sol, a hablar con los pahuahtunes, espíritus del viento. El Tzolkin, el libro adivinatorio de la cuenta de los días, ya no fue un secreto para mí, había aprendido a combinar los 13 números y los 20 nombres.
Pasó el tiempo.
Me colocaron un huipil y falda roja con flores bordadas en su ruedo y me permitieron recorrer la ciudad durante nueve días. Al cabo de ellos realizaron un nuevo ritual de baños perfumados. Me vistieron de blanco (color requerido para entrar al inframundo y que correspondía al norte). Para completar el atuendo me alinearon un gran tocado de conchas, jade, amatista y plumas verdes, azules y amarillas. Me acompañaron hasta el gran templo y frente a sus escalinatas me abandonaron. Este no tenía puertas ni huecos por donde pasar, su entrada estaba en lo alto. Un perro pequeño y lampiño me estaba esperando para acompañarme al mundo de Yum Cimil (Señor de la muerte). Inspiré profundamente y comencé a subir la empinada escalinata, llevando en mi mano un Copón de oro, jade y turquesas con pom, el supremo perfume del cielo, y a mi lado a “Oc” (el perro que guía en su viaje al sol al inframundo). Conté 520 escalones hasta alcanzar la puerta de entrada, (que podían significar también 52 años, es decir, el período en que se basa la recurrencia de los “portadores del año”, que abarcan cuatro períodos de 13 años). A un lado de la boca se encontraba, tallado en la piedra, el jaguar del oeste y en otro Quezatcoalt, la serpiente emplumada del infinito.
Ah Mex Cuc me había enseñado algunas reglas y ciertos rituales, muy complicados, que debía cumplir al llegar a mi nuevo destino, y también una oración para introducirme en esa otra realidad, porque en ella se encontraban contenidas las relaciones entre tiempo y espacio, dimensiones que debía cruzar. “ En el 11-Ahaues cuando salió Ah mucen cab /a poner vendas en los ojos /de Oxlahun ti ku, / Trece-deidad,... Con las vendas en el rostro /terminó el amanecer para ellos /y no supieron ya lo que vendría (…)”.
Recé, una y otra vez. Recé y recé, mientras mis pies contaban los escalones.
Al ingresar en la pirámide (que tenía dos caras, la de Kin, el Sol y la de Uh, la Luna); y de acuerdo a las leyes sagradas, la Gran Serpiente (en el estómago de ésta se encontraban las recámaras del dios y la diosa), me tragaría para “ nacer como sí mismos rejuvenecidos “, y renacer como “un ser de nueve lunas, un ser de nueve estrellas”. Como la primera letra de los portadores del año había sido Kan, y era el agüero del Bacab Nucuch Macob (hombres enormes, deidades o seres sobrenaturales de color amarillo) el sacerdote me dijo que debía realizar mis oraciones siempre hacia el sur. También me había recomendado que tuviera cuidado con los Ah Tucur, brujos engañadores de Xibalbá (el inframundo), que podían crear ilusiones y trastocar los espacios. Por suerte no aparecieron.
Quise ver por última vez aquello que quedaría atrás.
Desde la altura las construcciones se veían pequeñas, distantes.
El sol comenzaba a declinar rojizo-amarillento, tras los cerros, creando sombras que dibujaban reptantes serpientes al pie del templo de Hapai Can, la serpiente tragadora. Del Tzompantli, la gran plataforma rectangular para sacrificios, las cabezas, aún sangrantes, aun permanecían clavadas en las estacas. Algunos jugadores con yugos en la cintura, rodajas en los brazos, orejeras de tapón, se entrenaban en la cancha del Juego de Pelota. Cerca del “Cenote Sagrado “, el pozo de agua en el que se arrojaban objetos, comida y sacrificaban a hombres y animales, Rus, intentaba reposar. Al cabo de un rato se alejó fastidiado. Al girar hacia el norte una melodía me resultó conocida, era Tenor que se despedía de mí y Tese, mi preciosa monita, colgada de los árboles del este, me saludaba entre chillidos y cabriolas. Apoyé el copón de humeante pom frente al hueco que servía de entrada. Acaricié con mi mirada a toda la ciudadela, para llevarme ese instante conmigo. Una leve brisa hizo ascender las volutas de humo y canturreó en mis oídos, para que no olvidara, “XE CAN’ HI” .
Alcé la cabeza hacia el infinito, recité cuatro veces la oración que me había enseñado Ah Mex Cuc e ingresé al Metnal, la morada subterránea de los muertos, junto con Oc. Bajé por una escalinata en forma de caracol, (en mi descenso conté 260 escalones, la cifra contenida en la cuenta de los días del Tolzkin), hasta llegar a una sala recubierta con frescos de brillantes colores y escenas de juegos, sacrificios y danzas. Era la casa del Sol, en ella permanecí veinte días.
Agua y tortillas amontonadas en un rincón, fueron mi comida.
Una diminuta puerta se abrió en el vigésimo invitándome a proseguir el viaje.
Descendí por empinados peldaños en los que apenas cabía un pie. Conté 130, la mitad de los anteriores (4, el número de Can, la serpiente y del joven dios del maíz), y relacioné ese número con que ya me encontraba “en la profundidad de su estómago” Observé ese nuevo espacio. La estancia que apareció ante mí, la de la Luna, era más pequeña que la anterior, y semejante a la del “Uy-Atoch-K’uh”, el templo de la Luna, sus paredes de piedra caliza la recubrían frescos con escenas de danzas, sacrificios, enfermedades y parturientas.
Cuando se cumplieron los trece meses de encierro descubrí, en un apartado rincón, un tapiz semejante al del cuarto de la torrecilla. Una figura se movió, la luz sulfurosa de las teas no me permitía ver con claridad. Rafael, dije en voz alta para animarme, mientras me acercaba. Pero él no apareció, ni los animales tampoco, en su lugar me esperaba Ah Mex Cuc, el gran sacerdote, parado al lado del árbol de caoba, que es la casa de Yaxum, el precioso pájaro verde Quetzal, tendiéndome una mano para cruzar hacia el otro lado. Con miedo apoyé la mía sobre la suya.
Una fuerte convulsión sacudió todo mi cuerpo.
Al abrir los ojos estaba otra vez en el torreón. El sacerdote había desaparecido y todo se encontraba en ruinas. A mí alrededor las piedras continuaban cayendo y formando montículos, éstos volvían a caer amontonándose al pie de la torrecilla. No podía moverme. Un chorro de sangre corría de la nariz a la boca, formando un barro sanguinolento que escupía a cada segundo.
Me zumbaban los oídos con voces que repetían: “XE CAN’ HI”…. “XE KAN HI” …. Otras me gritaban mi nombre acompañando a las linternas. Sus luces, al iluminar mi rostro, dibujaban rectángulos, círculos con contornos difusos. Los hombres que trabajaron en el rescate decían que había sido un milagro hallarme, los escombros me habían sepultado por completo durante trece horas. El temblor había destrozado la antigua torre, alta y negra de los conquistadores, construida sobre la pirámide de Hapai Can. Alguien comentó que de la gran serpiente tragadora sólo quedaban seis segmentos, incluyendo la cabeza.
Regresé al torbellino angustioso de mi ciudad, Buenos Aires. Su locura, con la economía neoliberal instaurada, la ansiedad y agresividad de mis compatriotas me hicieron olvidar, lo ocurrido durante mis vacaciones en México.
Al acomodar unas fotos, nueve meses después, encontré la que me había sacado sobre los escombros de una pirámide llamada El Osario o Hapai Can, tumba de siete sacerdotes mayores, según me había dicho el guía. Entonces sobre el recuerdo de esas ruinas intenté reconstruir los hechos sucedidos antes de mi entrada al universo de la amnesia. "XE CAN XI "se convirtió en un enigma que aún hoy intento descifrar.